Oud: el nombre, no la sustancia

28 de diciembre, 2025 · 12 min de lectura

El oud es, quizá, el ingrediente más malentendido —y más rentable— de la perfumería contemporánea. No porque exista una conspiración elegante, sino por un hecho simple: en la mayoría de perfumes comerciales, la palabra “oud” rara vez describe una materia prima. Describe una estética. Y esa ambigüedad vende.

Lo que muchas personas creen conocer como “oud” es, en realidad, un acorde construido: una interpretación olfativa diseñada para funcionar en el mercado global. A veces incluye trazas de oud natural o fracciones; con frecuencia es completamente sintético. Y no hay nada “malo” en eso. El problema empieza cuando el lenguaje se usa como prestigio prestado: se vende nombre donde no hay sustancia.

Primero, lo que sí es el oud

El oud genuino (también llamado agarwood o aloeswood) proviene de árboles del género Aquilaria —y de otros géneros relacionados, según región y tradición— que, tras heridas e interacciones biológicas (infecciones, estrés, tiempo), forman una resina oscura y aromática como mecanismo de defensa. La formación de esa resina es irregular: no todos los árboles la producen, y cuando ocurre suele tomar años o décadas.

Extraer aceite de oud es laborioso. La disponibilidad de material resinando de alta calidad es limitada. Por eso, en calidades excepcionales, el precio del aceite puede alcanzar cifras desproporcionadas. Además, la demanda sostenida ha vuelto el ingrediente ecológica y éticamente delicado: presión sobre bosques, cadenas de suministro opacas, y mercados donde la adulteración es común.

Hasta aquí, el dato básico que debería cambiar tu lectura de cualquier etiqueta: si un perfume se vende a precio “normal” y proclama oud como protagonista, lo más probable es que no estés pagando oud; estás pagando una historia.

El oud que hueles casi nunca es oud

Piensa en la lógica industrial, no en el romanticismo. La perfumería de gran escala no está construida para depender de materias primas que son escasas, variables y prohibitivas. Está construida para consistencia, abastecimiento y márgenes. Por eso, en el mejor escenario, algunas fórmulas incluyen pequeñas cantidades de oud natural o fracciones; pero el “oud” que percibes suele estar sostenido por maderas ambaradas, notas ahumadas y resinosas, y moléculas que aportan la sensación de “madera oscura” sin el costo ni el riesgo olfativo del oud tradicional.

A veces ese acorde está bien hecho. Incluso puede ser hermoso. El problema no es su existencia: el problema es la equivocación deliberada por diseño. La lista de notas dice “oud” como si fuera un ingrediente singular y universal, cuando en realidad cada “oud” comercial es una construcción distinta. La palabra opera como un comodín: promete exotismo, siembra lujo, y evita especificar.

La distancia entre lo tradicional y lo vendible

He olido aceites tradicionales de oud, y la experiencia suele ser radicalmente distinta a la mayoría de fragancias “de oud” del mercado occidental. Pero hay que decirlo con precisión: el oud real no es una sola cosa. Hay perfiles medicinales, animales, húmedos, frutales, florales, melosos, incluso sorprendentemente luminosos, según origen, material, método de destilación y envejecimiento.

Lo que ocurre es más específico (y más acusatorio): la perfumería masiva tiende a fijarse en una caricatura segura. Normalmente selecciona una idea reducida —“madera oscura + ámbar + limpieza”— y la repite hasta convertirla en estándar. Ese estándar es cómodo: sugiere profundidad sin incomodar. Es oud sin riesgo. Oud como concepto, no como experiencia.

Por eso tantas fragancias etiquetadas como “oud” terminan oliándote más a “madera elegante” que a agarwood resinando. Algunas son grandes perfumes, pero su relación con el oud tradicional es secundaria o decorativa. Cuando el público dice “me encanta el oud”, muchas veces está diciendo algo más ambiguo: “me encanta esta estética de maderas oscuras dulcificadas”.

El oud como marketing de exotismo

¿Por qué el mercado occidental se obsesionó con el oud? Porque viene con una narrativa preempacada: lujo, antigüedad, espiritualidad, Oriente convertido en adjetivo. Es un significante cultural desprendido de su práctica. Permite vender “misticismo” sin exigir comprensión real de tradiciones olfativas de Medio Oriente y Asia, donde el oud no solo se “usa”, sino que se integra en hábitos, rituales, espacios y códigos sociales específicos.

En varios contextos tradicionales, el oud se quema, se comparte, se concentra en aceites densos, se ritualiza. No es un accesorio neutro. Y, sin embargo, la industria global lo convirtió en sinónimo de “sofisticación” genérica: un sello fácil para perfumes oscuros, ambarados o amaderados orientados a la idea de lujo. El contexto se borra; la palabra queda.

La economía de la confusión

No hace falta una conspiración para sostener esta confusión. Basta un incentivo: la ambigüedad vende mejor que la precisión. Si el consumidor entendiera que el “oud” de su fragancia suele ser un acorde sintético, parte de la mística se disolvería. Si supiera que el oud tradicional puede ser desafiante —a veces animal, a veces medicinal, a veces ferozmente complejo—, podría sentir que le vendieron una versión domesticada como si fuera la cosa real.

Por eso la palabra se mantiene sin especificación. Las descripciones hablan de “oud” sin decir si es natural, fraccionado, reconstruido o meramente evocativo. Las pirámides de notas lo presentan como ingrediente unitario. Y el público aprende a asociar “oud” con un perfil fijo que, en muchos casos, no representa al agarwood resinando sino a una interpretación diseñada para ser universalmente aceptable.

¿Importa si es sintético?

El argumento defensivo aparece siempre: “Si huele bien, ¿qué importa si es sintético?” En un nivel, es válido: la perfumería no tiene obligación moral de ser natural. Los sintéticos pueden ser extraordinarios. El problema no es el uso de sintéticos. El problema es el lenguaje usado como fraude de prestigio.

Si una marca vende algo como “oud”, el consumidor debería saber qué está comprando. Si es un acorde, que lo diga. Si incluye fracciones o trazas, que lo admita sin teatralidad. Porque cuando alguien afirma “me encanta el oud” sin haber olido oud tradicional, ¿de qué está hablando realmente? ¿Del acorde específico de una marca? ¿De una estética repetida por el mercado? La palabra se expande tanto que deja de significar.

El camino de la honestidad

La salida no es prohibir el término ni romantizar lo “real”. La salida es simple: precisión. Si un perfume usa un acorde sintético, debería celebrarlo como lo que es: un acto de perfumería, no un disfraz.

Una comunicación honesta sonaría así: “Interpretación moderna de oud mediante un acorde construido: facetas ahumadas y resinosas, sin las notas animales más intensas de algunos ouds tradicionales.” Eso no reduce el perfume. Lo eleva. Respeta al consumidor y reconoce el trabajo del perfumista.

Pero exigiría renunciar a una parte del exotismo fácil que la palabra “oud” activa. Exigiría admitir que, en gran parte del mercado, “oud” es una etiqueta estética, no una materia prima protagonista. Y la industria, por inercia comercial, rara vez elige esa transparencia cuando no está obligada.

Una guía rápida para no caer en el truco

Si llegaste hasta aquí y quieres algo práctico, aquí va la regla: pregunta qué significa “oud” en ese producto. No como gesto moralista, sino como higiene intelectual.

  • Si compras un perfume comercial “de oud”, asume que es acorde salvo que se especifique lo contrario.
  • Si una marca menciona origen, método (aceite, fracción, destilación) y proporción aproximada, es una señal de seriedad.
  • Si quieres conocer oud tradicional, busca aceites/attars de fuentes transparentes y acepta algo incómodo: puede no gustarte al inicio. No porque sea “mejor”, sino porque es distinto a lo que el mercado entrenó en tu nariz.
  • Si lo que amas es la estética de maderas oscuras ambaradas, no hay pecado: solo llámalo por su nombre. Muchas veces, lo que te gusta no es oud; es el estilo oud.

El oud tradicional —esa sustancia compleja, variable, culturalmente situada— sigue invisible para la mayoría, no por falta de curiosidad, sino por exceso de narrativa. En perfumería contemporánea, “oud” suele ser una palabra que tapa lo que no se quiere explicar.

Por eso el título no es una provocación vacía: para la mayoría, el oud seguirá siendo el nombre de algo que nunca olieron. Y, mientras el nombre venda mejor que la sustancia, el mercado preferirá que así sea.