El lenguaje prestado de la perfumería

10 de diciembre, 2025 · 10 min de lectura

No tenemos palabras propias para describir olores. Tomamos prestado del gusto (dulce, amargo), del tacto (seco, húmedo), de la temperatura (cálido, fresco), de la visión (brillante, oscuro). Esta pobreza léxica no es accidental: revela cómo el olfato ha sido históricamente subestimado, marginalizado, considerado el sentido más bajo en la jerarquía sensorial occidental.

Desde Platón hasta Kant, la tradición filosófica occidental ha relegado el olfato al nivel más bajo de los sentidos. Demasiado animal, demasiado corporal, demasiado involuntario. La vista y el oído eran sentidos "nobles", asociados con razón y distancia. El olfato era visceral, imposible de racionalizar, peligrosamente cercano a lo instintivo.

Esa jerarquía cultural se refleja en el lenguaje. Tenemos un vocabulario rico para describir lo visual: tonalidades, saturación, brillo, contraste, textura, forma. Podemos hablar de música con precisión técnica: timbre, armonía, tempo, ritmo, disonancia. Pero para olores, dependemos de analogías y metáforas tomadas de otros dominios sensoriales.

La colonización sinestésica

Describimos fragancias como "dulces" aunque no las probamos. Como "secas" aunque no las tocamos. Como "cálidas" aunque no tienen temperatura. Esta sinestesia forzada no es poética; es una admisión de derrota lingüística. No sabemos cómo hablar del olfato en sus propios términos, así que tomamos prestado de sentidos que sí tienen vocabulario desarrollado.

El problema es que estas metáforas son imprecisas y subjetivas. "Dulce" para mí puede ser vainilla; para ti, caramelo; para alguien más, fruta tropical. "Cálido" puede referirse a especias, a resinas, a almizclés. "Seco" puede significar ausencia de dulzura, o presencia de notas minerales, o simplemente una textura percibida que no sabemos nombrar de otra forma.

Esta ambigüedad hace que la comunicación sobre fragancias sea casi imposible. Dos personas pueden usar las mismas palabras ("es un ámbar cálido y dulce") y estar describiendo experiencias olfativas completamente diferentes. El lenguaje prestado crea la ilusión de comunicación sin transmitir información real.

El vocabulario técnico como escape fallido

La industria ha intentado resolver esto con terminología técnica: familias olfativas, notas, acordes, facetas. Es un sistema taxonómico inspirado en botánica y química. Suena preciso. Pero es igualmente problemático.

"Chipre" es una familia olfativa definida por contraste entre notas cítricas frescas y base de oakmoss terroso. Pero con las restricciones IFRA sobre oakmoss, la mayoría de los "chipres" modernos no contienen oakmoss real. ¿Siguen siendo chipres? ¿Es "chipre" un descriptor químico o un concepto estético? Nadie se pone de acuerdo.

"Ámbar" no es un ingrediente; es un acorde (típicamente vainilla, labdanum, benzoína). Pero diferentes casas construyen "ámbar" de formas distintas, produciendo perfiles olfativos que comparten nombre sin compartir experiencia. Decir que algo es "ambarado" informa tan poco como decir que es "cálido".

Y luego está el problema de las "notas". Las descripciones de marketing listan notas de salida, corazón, fondo. Pero esas listas son ficción creativa, no fórmulas reales. Una marca puede listar "bergamota" cuando usaron un acorde sintético que aproxima bergamota. Pueden listar "jazmín" cuando usaron hediona (que huele como jazmín pero no es jazmín). El vocabulario técnico no es más honesto que las metáforas; solo suena más autoritario.

El imperio del comparativo

En ausencia de lenguaje descriptivo real, recurrimos a comparaciones: "huele como Dior Sauvage pero más dulce", "es tipo Aventus pero más fresco", "me recuerda a La Vie Est Belle pero menos empalagoso". Toda discusión de fragancias se reduce a red de similitudes y diferencias respecto a otras fragancias.

Esto crea circularidad: solo puedes describir algo si ya conoces las referencias. Si no has olido Aventus, decirte que algo "es como Aventus" no comunica nada. Si no sabes qué es un "fougère", definir una fragancia como "fougère aromático" es inútil. El sistema requiere iniciación; es hermético por diseño.

Y perpetúa conformismo: si todas las descripciones son comparativas, las fragancias nuevas se evalúan solo en relación a las existentes. Innovación olfativa se vuelve difícil de articular porque no hay lenguaje para lo que no se parece a nada anterior.

Culturas con vocabulario olfativo

No todas las culturas sufren esta pobreza léxica. Hay pueblos indígenas con vocabularios olfativos extensos. Los Jahai de la península malaya tienen docena de términos específicos para olores, términos básicos que no derivan de metáforas ni comparaciones. Tienen una palabra para el olor de sangre, otra para el olor a humo, otra para fragancias florales específicas. Son categorías primarias, no préstamos de otros sentidos.

Esto demuestra que el problema no es la naturaleza del olfato (que es difícil de verbalizar) sino cultural. Sociedades que valoran el olfato desarrollan lenguaje para él. Sociedades que lo marginalizan no invierten en vocabulario olfativo, y luego racionalizan esa ausencia diciendo que los olores son "inefables" o "imposibles de describir".

Pero no son imposibles de describir. Son imposibles de describir en lenguas occidentales modernas que heredaron una jerarquía sensorial que privilegia vista y oído. Esa limitación es histórica, no inevitable.

La industria del vino como contraste

El vino, paradójicamente, desarrolló vocabulario más sofisticado para describir aromas. Hablan de "terroir", de notas "minerales", de taninos "redondeados" o "angulares". Parte de ese vocabulario es igualmente prestado (mineral, redondo), pero hay inversión institucional en refinarlo. Catadores profesionales se entrenan para identificar y nombrar facetas aromáticas específicas.

La perfumería podría hacer lo mismo, pero no lo hace. ¿Por qué? Tal vez porque el vino tiene legitimidad cultural que la perfumería no tiene. El vino es arte, tradición, inversión. La perfumería es cosmética, lujo, vanidad. Uno merece lenguaje sofisticado; la otra puede conformarse con metáforas genéricas y marketing.

O tal vez es porque la ambigüedad le conviene a la industria. Si los consumidores pudieran describir con precisión lo que huelen, sería más difícil vender humo (literal y figurativo). Mientras el lenguaje sea vago, las marcas pueden prometer cualquier cosa y nadie puede refutarlas efectivamente.

El futuro imposible del vocabulario olfativo

¿Podría el español (o cualquier lengua occidental) desarrollar vocabulario olfativo genuino? Teóricamente sí, pero requeriría cambio cultural profundo. Requeriría que el olfato dejara de ser marginal, que la perfumería fuera tomada seriamente como forma de arte, que se invirtiera en educación olfativa desde edades tempranas.

Requeriría, también, resistencia al hipertecnicismo. Crear palabras nuevas para percepciones olfativas específicas, no solo importar jerga química. El vocabulario del color no es "longitud de onda 650 nanómetros"; es "rojo". Necesitaríamos equivalentes para olores: palabras primarias, no construcciones técnicas ni metáforas prestadas.

Pero la dirección actual va hacia lo contrario: más tecnicismo (nombres de moléculas, familias olfativas, acordes), más comparaciones (bases de datos de similitudes), más marketing que oculta en lugar de revelar. El lenguaje de la perfumería se está volviendo más opaco, no más claro.

Vivir en el silencio

Tal vez la conclusión es aceptar la limitación. Tal vez el olfato resiste el lenguaje de formas que otros sentidos no resisten. Tal vez hay algo en la experiencia olfativa —su inmediatez, su conexión directa con memoria y emoción— que se pierde al traducirse a palabras.

Esa es una postura poética, pero también es una rendición. Significa renunciar a comunicar experiencia olfativa, confinarse a subjetividad radical donde cada nariz es una isla. Significa que nunca podremos hablar significativamente sobre fragancias más allá de reacciones personales ("me gusta", "no me gusta") o comparaciones vacías.

El lenguaje prestado de la perfumería no es solo un problema técnico. Es síntoma de marginalización cultural del olfato. Es evidencia de que, como civilización occidental, nunca tomamos el olfato lo suficientemente en serio como para invertir en nombrarlo adecuadamente.

Y mientras sigamos tomando prestado de otros sentidos en lugar de desarrollar lenguaje propio, el olfato seguirá siendo invisible, innombrable, empobrecido. No porque sea inefable por naturaleza, sino porque elegimos no darle palabras.